¿🎭 Sabes lo que es la anhedonia 😕?

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El truco es que si eres feliz, no te da miedo ni vivir ni morir.

Resulta que mi hermana mayor (tenemos 28 años de diferencia), siempre me regañaba cuando me comía las fresas recién recogidas de la granja de papá. Porque eran para preparar mermelada, para comerla en la temporada de frío. Me decía: “Imagínate, un día frío, cuando no haya fresas frescas, podrás abrir un frasco de mermelada y disfrutar de su sabor”.

Por algún motivo, no se le ocurría que comer fresas recién recogidas también era magnífico. Que me emocionaba poder comerlas tan rojas, maduras y suculentas.

De hecho, no me permitía comer nada. Ni las fresas (¡mermelada!), ni los pepinos (¡ensalada!), ni las moras (¡pastel!).

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Era la granja de mi padre, la cual había comprado y con muy pocas ganas visitaba solo porque la niña (yo) necesitaba tomar aire fresco (así como también para que me picaran mosquitos y para que me diera una indigestión interminable).

Papá solo salía para tomar el sol. Le valían un pepino las mermeladas, las ensaladas y otras comidas, todo eso se vendía en la tienda por montones.

Sin embargo, como a la niña se le antojaban las fresas recién recogidas, tenía que discutir con mi hermana. Ella se enojaba mucho porque yo amenazaba sus planes. Ella no podía vivir en el momento, siempre tenía planes para un futuro: las fresas, para la mermelada; la ropa bonita, para una ocasión especial.

Es una característica asombrosa: la inhabilidad de sentir placer hoy. Hay que ahorrar, guardar, prepararse para ese momento especial cuando sea posible permitirse un poco de alegría. Y, sobre todo, prohibirles la alegría a los demás también.

Un amigo me contó que su tía siempre que venía de visita, no lo dejaba salir a jugar con sus amigos. Cuando le preguntaba por qué, simplemente respondía: “¡No tienes nada qué hacer con ellos!” y lo obligaba a permanecer en casa.

Lo bueno es malo.

La mamá de un amigo cada vez, antes de sus vacaciones, entra en pánico. Se obsesiona con terremotos, inundaciones, robos, enfermedades. También le daba miedo dejar su casa: ¿qué tal si se quema en un incendio? No le tiene confianza a su marido. Cree que esa persona, siempre decente y sobria, se va a embriagar, fumará y, por supuesto, se dormirá con el cigarrillo encendido en la mano. Incluso puede ser que traiga a alguna otra mujer que robe sus cortinas. O lo que tenga de valor.

No puede simplemente viajar a algún lado y pasarla bien. Debe pagar por su ocio y felicidad con ansiedad.

Mi otro amigo, con toda la seriedad del mundo, a veces dice cosas como: “No puede ser que todo esté tan bien. Seguramente sucederá algo”.

Este tipo de declaraciones me sacan de onda. No puedo entender de qué se trata. Me parece que si te sientes bien ahora, más adelante todo estará aún mejor porque absorbes el placer y, como un buen bronceado, se pega a tu piel, te protege de las dificultades de la vida.

Pasé por una depresión difícil, y en ese tiempo también me parecía que la felicidad llegaría cuando… e inventaba la condición. No ahora. Necesitaba un buen motivo para sentir alegría.

Este síndrome tiene nombre: “anhedonia“. Y también ”agnosia social“. Los psiquiatras me golpearán con las obras de Jung por usar el término en vano, pero “anhedonista” es una palabra demasiado bonita y cierta para las personas que cada minuto se arruinan la vida al prohíbirse sentir placer.

En los últimos tiempos la anhedonia se volvió tan masiva que asombra.

Subes una foto al Facebook donde estás de vacaciones en la playa, y de inmediato te empiezan a bombardear con información negativa: se murió algún famoso, se estrelló un avión, surgieron nuevas tensiones políticas, subieron los precios de gasolina, etc. Como si tú, tu pantalón corto, tu toalla y la crema para broncear tuvieran la culpa.

La gente se aferra a estos eventos trágicos de verdad para que las distraigan de las alegrías, por más pequeñas que sean. Parece que sufrir, quejarse, lamentar y temer se puso de moda.

Yo, sinceramente, no tengo miedo.

En la vida siempre sucede algo aterrorizador o preocupante. Con otras personas, con países enteros, con tu país, con tus amigos y con tu vida. Muchas veces esto te hace sentir mal, sientes compasión, o estás pasando por un mal momento, pero así es la vida.

No existe ningún otro concepto de la vida. Esto jamás terminará, la prosperidad no se te caerá encima de repente.

Si puedes sentir placer hoy, hazlo.

El padre de una amiga pasaba por momentos difíciles: no le iba bien en su trabajo, no había posibilidad de crecer, tenía deudas. Sin embargo, cada vez que pedía dinero prestado, su familia iba a un restaurante. Y no era ni siquiera para comer bien sino, más bien, para sentir que la vida no solo son deudas, falta de dinero, angustia y depresión. Eso le servía para recargar las baterías. (Por si a alguien le interesa, logró salir de ese hoyo y pagó sus deudas).

Lo que pasa es que, al final de cuentas, no nos acordamos de lo malo sino de lo bueno. Todo lo horrible pasa al segundo plano, y lo bueno brilla en nuestra memoria como si lo hubieran lavado y pulido. Y nos alientan a vivir justo estos momentos positivos, no la serie de preocupaciones y problemas.

Mientras estaba deprimida, me daba miedo viajar en aviones. Me desmayaba. Luego aprendí a hacerlo pero superar la aerofobia no es sencillo, es una experiencia dolorosa.

Un día, ocupé mi asiento, miré por la ventana y me di cuenta de que ya no sentía miedo. Ni de volar, ni de que el avión estallara, ni de morir. Porque estaba feliz. No tenía ningún motivo aparente para eso. No había escrito una novela y no había recibido por él un premio, no había inventado la cura para el cáncer ni tampoco había dado a luz a cinco hijos.

Simplemente estaba feliz. Me sentía feliz. Amaba mi vida. Como las fresas recién recogidas y paso mis vacaciones donde quiera, no porque tenga mucho dinero sino porque tengo muchas ganas.